martes, 4 de octubre de 2016



POPULISMO Y DEMOCRACIA: EL CASO COLOMBIANO

El resultado negativo del plebiscito celebrado el domingo pasado en Colombia tomó por sorpresa a todos los observadores, tanto colombianos como extranjeros. Aquí en Francia, de donde escribo, todos mis amigos que conocen mis relaciones con Colombia me venían felicitando desde días atrás, como si la aprobación por referéndum de los acuerdos de paz fuera un simple formalismo, y a decir verdad, la incomprensión frente a este resultado inesperada es mayúscula.

Sin embargo, las personas que siguen un poco de cerca la actualidad política internacional, deberían saber que existe desde hace varios años una verdadera "maldición del referéndum", en la cual los resultados obtenidos vienen contradecir los pronósticos más sólidos: piensen por ejemplo en el referéndum del 2005 en Francia sobre la aprobación del nuevo tratado de la Unión Europea, que decidió su rechazo; piensen también en el referéndum de este año en Gran Bretaña, por el cual se llegó sorpresivamente al "BREXIT", etc. Estos resultados inesperados son unas manifestaciones de un fenómeno más general, que se puede observar en casi todos los países democráticos del mundo: el auge del populismo, por el cual una parte creciente de los ciudadanos manifiesta su rechazo de las élites, de los "formadores de opinión" (prensa, intelectuales), y de la clase política clásica, acusada de haberse alejado de  las preocupaciones reales y concretas del pueblo.

Lo grave es que, frente a este rechazo de la clase dirigente y de las elites por el pueblo, se puede observar de manera recíproca una forma preocupante de rechazo e inclusive de desprecio de dichas elites por el pueblo. Al respecto, mi posición de observador exterior a Colombia tiene el interés de permitirme comparaciones entre lo que pasa en ese país y lo que ocurre aquí, en Francia.

La política francesa se caracteriza desde hace unos 15 años por el auge aparentemente irresistible del Frente Nacional, liderado durante muchos años por Jean-Marie Le Pen, vieja figura de la extrema derecha francesa, y ahora por su hija Marine Le Pen. A pesar de sus recientes esfuerzos para "normalizarse", dicho partido tiene todas las características para suscitar la antipatía de la "gente pensante" y de las elites intelectuales: xenofobia, racismo mal disimulado, nacionalismo exacerbado que se manifiesta en su programa proteccionista y su rechazo del extranjero… Sin embargo, año tras año, va ganando adeptos; ya superó el 20% del cuerpo electoral, y se está acercando al 30%.

Frente a este auge, la reacción de las élites políticas e intelectuales es de confundir en su rechazo tanto el partido mismo, con su ideología nauseabunda, como los ciudadanos que lo apoyan: un elector del Frente Nacional no puede ser sino un racista, medio fascista, partidario de las ideas más rancias de la ideología de extrema derecha.

Sin embargo, la realidad es muy distinta: no, el 30% de los electores franceses que vota por el Frente Nacional no está constituido por personas que adhieren a las ideas de extrema derecha; su voto traduce en realidad su amargura frente a los partidos tradicionales, tanto de la izquierda como de la derecha clásica, por los cuales se sienten abandonados e incomprendidos: la burguesía que vive confortablemente en los barrios elegantes, los "burgueses-bohemios" ("bobos") seguros de su superioridad moral e intelectual, no perciben las dificultades que conoce este pueblo de "pequeños blancos", muchas veces con un nivel educativo y cultural bajo, con ingresos declinantes, víctima del desempleo, de las deslocalizaciones y de la competencia de los países emergentes, y que además tiene que convivir con una población creciente de inmigrantes frente a los cuales tienen el sentimiento de perder su identidad. Frente a esta realidad, la peor de las posiciones que pueden adoptar las élites es la del desprecio y de la arrogancia: eso no hace sino aumentar la fractura entre estas dos categorías de la población, y empujar un porcentaje cada vez más importante de estos "olvidados" de la prosperidad entre los brazos de los partidos populistas, que les ofrecen soluciones aparentemente sencillas a sus problemas, y que por lo menos les da la sensación de haber sido oídos y entendidos.

Me da la impresión que este fenómeno, presente no solo en Francia sino en numerosos países de Europa (Gran Bretaña con el Brexit, España con Podemos, Grecia con Syriza, Alemania con la AfD) y en los Estados Unidos con Trump, se reproduce de manera casi idéntica en Colombia. Quede impresionado por el discurso dominante durante la campaña previa al Plebiscito, según el cual solo los enemigos de la paz, los guerreristas, aliados de la extrema derecha y de los paramilitares, podían estar en contra de los Acuerdos de La Habana. El debate se redujo en sus términos más simplistas, de manera muy maniquea: el partido de la paz, o sea el partido del bien, contra el partido de la guerra, o sea el partido del mal. Y claro está, toda la inteligentzia, la gente culta, pensante, los intelectuales, la inmensa mayoría de los medios de comunicación, la casi totalidad de la clase política con excepción de un solo partido (el Centro Democrático) descalificado por muchos por sus tendencias autoritarias, se ubicaba del lado del bien. Y ni hablar de las reacciones desde que se conoce el resultado del plebiscito! Para los partidarios fuertemente decepcionados del Si (y entiendo perfectamente su decepción),  Colombia se estaba cubriendo de ridículo frente a la comunidad internacional; muchos expresaban su "vergüenza de ser colombiano", o sea de pertenecer a esta comunidad en la cual un poco más del 50% de los ciudadanos se habían atrevido a no seguir en campo del bien y de la paz.

Lo que me parece grave, es la ausencia de todo esfuerzo para entender las motivaciones que pudieron llevar estos ciudadanos a votar por el No, y una condena global de todos estos ciudadanos. Semejante actitud no puede tener otro resultado que aumentar aún más la profunda división de la comunidad colombiana, y la radicalización hacia los extremos. Solo un dialogo civilizado, que comienza por el abandono del discurso de descalificación de los que no piensan como nosotros, puede permitir entender las motivaciones de los que no piensan como nosotros, y emprender un proceso de acercamiento de los puntos de vista.

Lo mismo que los 30% de franceses que votan por el Frente Nacional no son unos fascistas y racistas, lo mismo los 50% y un poco más de colombiano que rechazaron los acuerdos de La Habana no son unos enemigos de la paz; como ciudadanos, merecen el respeto de los demás colombianos; con su voto, han querido expresar algo que se debe tomar en consideración: sus temores, su amargura frente a la impunidad de los responsables de las FARC, su arrogancia y su falta de contrición; quizás simplemente su rechazo del gobierno actual y de la clase política dominante.

Quizás el voto del domingo pasado es la oportunidad para que la mitad de los colombianos entable un dialogo con la otra mitad, se esfuerce por entender sus temores en lugar de descalificarlos de antemano, de manera a llegar a un verdadero CONSENSO de la comunidad nacional sobre lo que es aceptable y lo que no lo es en materia de acuerdos de paz. Mientras los colombianos sigan tan profundamente divididos y no acepten dialogar entre ellos, cualquier acuerdo de paz está condenado al fracaso.

lunes, 25 de enero de 2016

LES AGRICULTEURS ONT ENCORE FRAPPÉ!

Nous avons à nouveau assisté ces derniers jours au spectacle lamentable de groupes d'agriculteurs "en colère" bloquant des autoroutes, se livrant à des actes de vandalisme tels que l'arrachage avec leurs tracteurs des glissières de sécurité, l'épandage de fumier et autres détritus sur la chaussée, sous les yeux complaisants des journalistes, et bien souvent avec l'approbation tacite d'une grande partie de l'opinion publique.
Le commentaire qui accompagnait le reportage expliquait et en grande partie justifiait cette colère par le fait que beaucoup d'agriculteurs sont obligés actuellement à vendre leurs produits au dessous du prix de revient, ce qui, dans l'esprit de beaucoup d'auditeurs, est effectivement un argument définitif: si nous payons si cher au supermarché des produits dont le prix ne permet pas au producteur de vivre décemment, c'est bien évidemment parce que des intermédiaires s'en mettent plein les poches: les grossistes, la grande distribution, donc "les gros" contre "les petits".
Ces agriculteurs prenaient donc tranquillement en otage les milliers d'usagers de l'autoroute, et il a fallu attendre le lendemain pour que la police finisse par la faire évacuer, sans d'ailleurs que cela permette la reprise immédiate du trafic, puisqu'il nous fut annoncé qu'un certain délai serait nécessaire pour réparer les dommages causés par les manifestants et rendre la chaussée à nouveau praticable. Ce que l'on ne nous dit pas, et qui parait fort douteux, c'est si des poursuites seront engagées contre ces agriculteurs, qui sont très facilement identifiables (l'immatriculation des tracteurs était visible aux yeux de tous dans le reportage); je dis que c'est fort douteux, car si des poursuites étaient engagées, cela entrainerait immanquablement de nouvelles manifestations de soutien aux agriculteurs poursuivis.
Il me semble qu'un tel incident, qui n'est évidemment pas un évènement isolé, peut nous amener à faire deux types de réflexions, dans le domaine économique et surtout dans celui du respect de l’État de droit.
En matière économique, l'indulgence, pour ne pas dire la complicité, que démontre la plus grande partie de l'opinion publique à l'égard de ces manifestations répétées d'agriculteurs, révèle, comme cela est si fréquent en France, une ignorance ou un rejet des mécanismes les plus élémentaires de l'économie: si le prix du marché est inférieur aux coûts de production, c'est soit parce que nous sommes dans une situation de surproduction, soit plus probablement parce que les producteurs (ou au moins CERTAINS producteurs, ceux qui manifestent), ne sont pas capables de produire à des prix compétitifs, et cela alors notre agriculture figure parmi les plus aidées et subventionnées du monde; s'il y a sur le marché de la viande de porc offerte à un certain prix, c'est très probablement parce qu'il y a, dans d'autre pays (en Allemagne, en Espagne), et très certainement aussi en France, des producteurs qui y trouvent leur compte, parce qu'ils ont un meilleur outil de production, de meilleures conditions d'approvisionnement pour les matières premières qu'ils utilisent etc. ; si les producteurs de tomate ou de pêches français ne peuvent pas soutenir la concurrence avec ceux d'Espagne ou du Portugal, c'est parce que ces derniers ont de meilleures conditions climatiques, des coûts de main d’œuvre moins élevés; et ce n'est pas en interceptant les camions chargés de fruits espagnols pour détruire leur cargaison, que l'on résoudra le problème; ou alors il faut dire clairement que l'on refuse de jouer le jeu de la concurrence, et sortir de l'Union Européenne, ce qui implique de rester "entre nous" et d'accepter de payer pour les produits que nous consommons des prix très supérieurs à ceux dont nous sommes bien contents de bénéficier.

Mais c'est par rapport au respect de l’État de droit que ce type d'incidents me semble particulièrement inquiétant et significatif d'un certain état d'esprit: car il ne s'agit pas d'un évènement isolé. Sans même parler des manifestations d'agriculteurs, dont la répétition lassante finit par faire que l'on n'y attache plus beaucoup d'importance, on assiste à la multiplication de situations dans lesquelles des grévistes "en colère" (comme si la colère justifiait tout) se livrent à des voies de fait à l'encontre de leurs employeurs, les séquestrent sur leur lieu de travail, se rendent coupables de destructions ou de dommages contre l'outil de travail... Il s'agit là d'actes inacceptables, normalement punis pénalement; et pourtant, la réaction de la société à l'égard de ces comportements n'est pas à la mesure de la gravité de ces comportements: non seulement, là encore, une bonne partie de l'opinion publique est prête à leur trouver toutes sortes d'excuse, mais encore, dans les rares cas où la justice s'empare de ces affaires et prétend prononcer des sanctions pénales, au demeurant fort légères, à l'encontre des responsables, on assiste à une véritable levée de boucliers des organisations syndicales, appuyées par une bonne partie des partis de gauche: voir les cas récents des salariés d'Air France coupables de violences contre leur DRH, ou de ceux de Goodyear coupables d'avoir séquestré deux cadres de leur entreprise pendant 30 heures. Voir également les manifestations d'écologistes, destructeurs de cultures d'OGM ou "zadistes" de Notre Dame des Landes.

Il semble ainsi que pour une bonne partie de l'opinion publique, l'utilisation de la violence contre la personne ou contre les biens soit devenue un comportement parfaitement admissible pour faire triompher ses revendications dans les conflits sociaux; l'argument souvent utilisé est que cette violence ne fait que répondre à la violence de l'adversaire: celle du patron dans l'entreprise, celle de la chaine de grande distribution dans les conflits paysans. Mais il s'agit là d'une fausse symétrie; dans un État de droit, dans une société démocratique et civilisée, il existe toutes sortes de mécanismes permettant de résoudre les conflits de façon pacifique, à travers la négociation, le dialogue social, la médiation ou la conciliation, et lorsque cela est nécessaire, l'intervention du juge. Si l'on commence à admettre que chacun a le droit de se faire justice chaque fois qu'il estime ses intérêts lésés et qu'il est "en colère", l’État de droit n'est plus qu'une fiction, et on accepte que  triomphe celui qui crie le plus fort ou qui sait mettre l'opinion publique de son côté.

Il ne s'agit pas de refuser à chacun le droit de manifester ses opinions, mais à condition que cela se fasse dans le respect des règles de droit et sans recours à la violence; dans le cas contraire, il est du devoir de la puissance publique de réprimer sans contemplation de telles manifestations qui mettent en péril les règles les plus élémentaires de la vie dans une société civilisée.